El sonido de la guitarra estridente suena en la pieza continua, permanezco sentado en mi sofa, vaso de whisky en una mano, cigarrillo en la otra, luces apagadas, y la silueta de lo que parece ser una mujer esparcida en mi cama.
(What if I don't deserve this?)
Luego despertará, me mirará con aquella cara de odio a la cual estoy bastante acostumbrado, y me dejará aquí, solo, sentado en el sofa, botella de whisky en una mano, cigarrillo en la otra. Siempre es de la misma manera, siempre acaba de la misma forma. Yo permanezco como un alma solitaria que olvidó aquello que significaba el entregarse (o quizás simplemente entregó tanto que ya no puede dar más que asco) (El puto sentimiento de martir...).
En algún momento fui un chico enamorado, el niño frente a la caballería montada que se dedicaba a defender a su doncella sin importar la acusación que esta recibía, batallando todas las justas para ganar más y más honor, sin tomar en cuenta las heridas que podría llegar a recibir, hasta que finalmente es atravesado por la horrible y ponzoñosa lanza de la desconfianza, la cual deja una herida abierta que no sana.
Desde allí todo es descenso a través de una larga espiral dantesca. Lo cómico es que la doncella permanece, tratando de sanar la herida, pero "accidentalmente" abriéndola a ratos. El caballero, como buen desertor, solo atina a devolver el favor a la doncella (o al menos esa es la forma en la que veo todo este asunto).
Vuelvo a la carga con los chicos, ya llevan largo tiempo esperando, y su paciencia solo se puede comparar a la de un ser divino. Tomo mi instrumento, el baterista marca el tiempo, y continuamos con aquello que quedó pendiente.